Cornamusa

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– No soy perfecta – decías mientras afuera, en la acera, hombres, mujeres, niños y ancianos caminaban sobre la frescura que invocaron la tarde entera.

Era de noche pero la calle estaba saturada de quienes encerrados soportaron el calor, la canícula, el bochorno y la resolana. Transeúntes liberados hacia un malecón luminoso, festivo. Las olas lisas, la mar llana. Barcos amarrados al muelle, inmóviles, afianzados. Cabos, nudos, cornamusas.

Y no importaba que lo fueras o no. Es más, no necesitabas decirlo. Nadie es perfecto y “Nadie” no me importa, es más, ni lo conozco. Ni existe.

Olvidé lo que te contesté. Cierto es que sonreí para mis adentros y pensé en la cantidad de maniquís, de niñas lindas que van por la vida pretendiendo ser eso, lindas. Me gustaste aún más, por honesta, por aterrizada, por la forma en que abriste los ojos cuando ese joven en bicicleta se atravesó rayando con su manubrio el cofre de tu carro nuevo – el que sustituyó al poderoso “Panther” que te llevaba y traía de sur a norte, de lunes a viernes, de mis brazos a los suyos.

Un silencio siguió a tu declaración y lo aproveché para amarrar algunas palabras a mis intenciones, no tan buenas como el tequila que bebíamos del “pico”, sin sal, ni limón y sin gestos. Reímos cuando te dije eras más brava que María Félix y tu retadora, contestaste “Y más bonita”. A la vanidad espontanea siguió otro silencio y me di cuenta que realmente eras un poco menos que perfecta, pero eso sí, muy brava. Y muy flaca, y muy ajena.

Poco a poco, con las horas y las vueltas, gasolina y tequila se fueron acabando, las ideas desinflando y nuestras palabras se hicieron más escasas. Ambos sabíamos que llegaría el momento de parar el auto, apagarlo y despedirse con un beso escurrido de mejilla a boca – o por lo menos eso era lo que deseaba. Y si el plan A fallaba, tal vez un lance suicida, tirándose a matar y pedir que siguiéramos dando vueltas, sobre la cama, embriagándonos más con aquel “coctel” que en el ‘98 nos hizo besarnos por primera vez, cuando éramos condiscípulos y la arena el lienzo donde pintábamos amaneceres y ocasos compartidos.

Hoy, esa noche, no fuimos más. Recordar que desapareciste hace 20 años me paró en seco y cortante te dije “adiós, maneja con cuidado”. Salí hacia mi auto y no volví la espalda pues tenía miedo que si me llamabas volviera a correr hacia ti para quitarte las llaves y llevarte a otra playa, a otra arena, a otro abrazo, a otro beso, a otra vuelta en el nudo de nuestra historia intermitente, a tus piernas enredadas con las mías, irremediablemente atado a ti, como mi barco a las cornamusas del muelle.

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Marcos de Jesús  Roldán

Nacido en la ciudad de México, ha vivido en Baja California Sur desde 1985 a donde llegó después de haber quemado sus naves con todo y aparejos, jarcias y velamen. Desde entonces ha recorrido  la Sudcalifornia por trabajo, por placer o por necesidad – no pocas veces.

Honra su existencia trabajando en el sector educativo aunque sus incursiones en el bajo mundo, al amparo de negocios oscuros y de dudosa probidad enriquecen su visión y justifican cicatrices.

Más que escribir pretende acomodar palabras para dar forma y cabida a sus observaciones, simplistas, sobre la compleja cotidianeidad y sus habitantes.

Desde siempre ha sentido fascinación por el mar y sus criaturas, desarrollando una obsesión malsana por las sirenas a quienes busca e intenta encontrar, con cola de pez o calzando brillantes y afilados tacones, en sus recorridos de marinero terrestre.

 

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