Postales

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  1. AMS

Hace frío. No venía preparada para esto, después de todo su destino era de sol, playa y mar. Bikinis, pareos, bronceador y sandalias en la maleta. También vestidos de coctel y sus respectivos accesorios.

Ya viene. Regresa. Cargada de regalos cálidos y exóticos. También con muchas ganas de todo. De comer, de reír, jugar, abrazar, besar, comer y ser comida. De dormir a pierna suelta y sin temores: a las arañas, a los tejados crujientes y a los ojos que se adivinaban al otro lado de la ventana.

La habitación es minúscula. Una caja de zapatos minimalista y moderna. Aséptica. Ascética. Eso sí, tasada en euros. Muchos. La ventaja, el aeropuerto no está lejos y evitó usar su inglés tropicalizado o su francés de Berlitz. Al saberla mexicana el afortunado consorte de una jarocha salió en su ayuda. La hospitalidad mexicana por convección, por contacto, por convivencia.

Hoy no se acariciará. Tampoco soñará con el uniforme escolar ni colocará velas e incienso para tomar un largo y caliente baño de tina. Dormirá poco, apretando la almohada y la delgada frazada que tomó al bajar del avión que la depositó aquí. El corazón del mundo, le dijeron.

Pero se equivocan. El corazón del mundo está al otro lado. Frente al mar. Mar de Cortés que le dicen.

  1. DXB

Columnas de oro que llegan al cielo. Pisos de mármol. Largos salones iluminados. Ventanales que antojan calor dentro de esta caja de cristal refrigerada. Paradojas. Lo único que no parece fuera de lugar es la arena. Diferente a la de la playa, claro. Esta no es salada. Ni casi blanca. Tampoco se le queda pegada al cabello o a la piel.

Bebe un sorbo del ginantonic que pidió en el módulo de alimentos en la sala de abordar y piensa en quien la espera, o lo que la espera. También en lo que ya no. Lo que se fue o dejó de ser. No tiene miedo. Un comienzo limpio. Empezar de cero. No hay mal que por bien no venga. Después de tocar fondo todo es para arriba. Frases a modo que antes sonaban huecas que hoy parecen mensajes de galleta china.

Nunca imaginó estar aquí, ni allá. O tal vez si. Cuando era niña y salía volando por la ventana de su cuarto hacia el cielo sin nubes que la vio crecer entre casa de colores y calles arenosas.

Arena. Más arena. Siempre arena.

 

  1. HKG

Lee. Una nota en la revista que hojea llamó su atención. Habla sobre los efectos de las redes sociales y gadgets en las relaciones humanas. El clásico “alejar a los que están cerca, acercar a los que están lejos”. Hace una mueca. No comparte la opinión del columnista. Un parpadeo en las pantallas de llegadas y salidas la distrae y regresa a su preocupación. Está retrasada. La esperan.

Revisa intranquila las fotografías que tomó allá y más allá. Templos, edificios y gente. Todos rápido. Caminando. Comiendo. Pocos sonreían. Ella sí. A final de cuentas iba de paseo. Lo merecía. Lo merece.

Saca una pluma de su cartera y garabatea unas líneas al reverso de una tarjeta. Peces de colores en una playa lejana. Isla paradisíaca de blancas arenas y agua turquesa. Noescribe mucho. Solo saludos y un “Estoy bien”.

Piensa en su familia. La que ahora duerme. Aquí es de día. Se levanta y toma una botella de agua. Paga e incluye un chocolate blanco a la cuenta. Gira la tapa y burbujas diminutas saltan fuera del envase para morir en la página donde garabateó “No me gusta la gente. Me aburre”.

Ruido. “Orientales” piensa. Y vuelve a consultar la pantalla. Se levanta. El bullicio la ahuyenta. Ordena sus cosas y toma la maleta de mano. Guarda la postal. No tiene caso enviarla. Prefiere seguir con el viaje. Con su libertad. Con su independencia.

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Marcos de Jesús  Roldán

Nacido en la ciudad de México, ha vivido en Baja California Sur desde 1985 a donde llegó después de haber quemado sus naves con todo y aparejos, jarcias y velamen. Desde entonces ha recorrido  la Sudcalifornia por trabajo, por placer o por necesidad – no pocas veces.

Honra su existencia trabajando en el sector educativo aunque sus incursiones en el bajo mundo, al amparo de negocios oscuros y de dudosa probidad enriquecen su visión y justifican cicatrices.

Más que escribir pretende acomodar palabras para dar forma y cabida a sus observaciones, simplistas, sobre la compleja cotidianeidad y sus habitantes.

Desde siempre ha sentido fascinación por el mar y sus criaturas, desarrollando una obsesión malsana por las sirenas a quienes busca e intenta encontrar, con cola de pez o calzando brillantes y afilados tacones, en sus recorridos de marinero terrestre.

 

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