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La leyenda del Blackman

Escrito por Alexis Hassiel Meza Cota en Jueves, 28 Marzo 2019. Publicado en Columnistas, Columnistas BCS , Cuento, Leyenda de Blackman, Leyendas de BCS, Literatura, Narración

El 10 de febrero del año 2011 mi primo Andrés, aventurero por naturaleza como yo, me propuso ir a conocer juntos el fin de semana los pueblos que se ubican al norte de la península de Baja California Sur, pues tenía vivos deseos de explorar aquellas tierras bellas, austeras y desérticas. Mi tío José –padre de Andrés– se dirigía ese día al pueblo de Santa Rosalía donde había adquirido hacía unos tres años un terreno de dos hectáreas que utilizaba como huertas. Andrés le comunicó sus deseos y le pidió que nos llevara a él y a mí al pintoresco y antiguo pueblo de La Purísima, ubicado a unos ciento cuarenta y cinco kilómetros de Ciudad Constitución, y a cinco kilómetros del sencillo y agradable pueblo de San Isidro, donde teníamos pensado ir en uno o dos días. A eso del mediodía nos encontramos a la vista del bello pueblo de La Purísima.

El cielo estaba despejado, y el sol invernal iluminaba con sus frescos y resplandecientes rayos el paisaje que se extendía frente a nosotros. A medida que nos adentrábamos al pueblo, no sé por qué, penetró en mi interior un sentimiento mezcla de nostalgia, soledad, y de profunda y agradable languidez ante lo que contemplaban mis ojos: el paradisiaco oasis con sus límpidas aguas azul profundo y verde oscuro, las grandes, hermosas y agradables palmeras, los frondosos árboles frutales, los intensos palo verdes, los típicos mezquites y carrizos, el saludable paisaje en cuyo verde seno corren arroyos de aguas claras, las sencillas y antiguas casas, y especialmente, la singular figura del cerro El Pilón, elevándose sobre el pueblo como un venerable ermitaño que ora día y noche para que su atmósfera esté revestida de paz y salud. Luego de comer unos deliciosos tamales rellenos con aceitunas y uvas pasas, empanadas dulces de frijol con queso de chiva, y unos exquisitos dulces regionales, como guayabate y orejones de mango, Andrés y yo nos dirigimos a buscar una posada donde pasaríamos la noche. El dueño de la casa donde nos detuvimos a pedir alojamiento, un hombre que rayaba la sesentona y que a primera vista parecía una de esas personas que no les interesa ver más allá del pequeño pueblo donde nacieron, y que, en parte por su naturaleza en extremo sencilla y en parte por simple y lánguida ignorancia, no busca otra cosa más que el sustento diario y que se pasa las tardes en conversaciones que atañen sobre el clima, la ganadería, el cultivo y sobre otras cosas que les son familiares, nos dijo que en la noche habría un baile en la plaza del pueblo frente a la iglesia en honor del pasado día de la Santa Candelaria. La casa en que nos alojamos era de dos pisos y bastante vieja, de hecho, en una de las paredes interiores de la sala había incrustada una pequeña placa de plata que decía que antaño había pertenecido a un tal don Cipriano Cota, el cual la erigió, según la inscripción, en el año de 1887, aunque no puedo afirmar si tal fecha correspondía con la fachada, que en su totalidad sin embargo parecía antigua. Luego de acomodarnos en nuestro respectivo dormitorio, a Andrés y a mí nos pareció buena idea ir al baile para distraernos y conocer a la gente del pueblo, sobre todo a las muchachas, pues, por qué no decirlo, en lo que respecta a mí ansiaba secretamente entablar un tipo de relación con alguna que me gustara de veraz para pasármela bien, olvidando el tiempo y disfrutando de la vida.

En cuanto despuntó el crepúsculo, nos fuimos a la plaza donde ya había alboroto y música, al parecer eran poco más de cuatrocientas personas que habían acudido a la fiesta, por no decir que toda la población se congregó allí, pues tengo entendido que en La Purísima no sobrepasan los quinientos habitantes. Había cerveza, vino, tequila, mezcal, empanadas, burritos, pozole, dulces regionales, tostadas, ponche, panes artesanales; algunas muchachas, pintorescamente vestidas y bien arregladas, bailaban cogidas de las manos al son de un animado mariachi, y de vez en cuando lanzaban miradas tímidas y de una ingenua coquetería que parecían pedir que la abrazaran a los muchachos que permanecían sentados conversando sobre ellas, dispuestos al primer impulso irresistible de ir con ellas a bailar. Los músicos cantaban, los niños jugaban, la gente de edad bebía como se acostumbra a hacerlo en una fiesta de pueblo, los ancianos conversaban acerca de los viejos tiempos y se contaban historias divertidas y un tanto extrañas entre risas y bullicio. Cuando cayó la noche el aire se tornaba cada vez más frío, la gente se puso chamarras y bufandas, y, a medida que la bebida hacía su efecto, la atmósfera y el baile redoblaron los ánimos, y algunos señores y señoras de sesenta y setenta años bailaban alegremente volviendo a sus años mozos.

Andrés y yo nos encontrábamos sentados cerca de un mezquite en los alrededores de la plaza bebiendo un poco de cerveza y mirando a la gente cómo se divertía. Sin embargo, no hacía mucho tiempo que estábamos en aquel jolgorio cuando reparé, ante mi sorpresa, en una joven mujer vestida de negro y de largos cabellos oscuros que estaba arrodillada con las manos entrelazadas junto a la entrada de la iglesia que permanecía cerrada y solitaria, enfrente de la plaza. A pesar de la oscuridad que reinaba en torno a la iglesia, creí ver con una nitidez insólita a esa misteriosa mujer que parecía orar en silencio sola y ajena al bullicio de la plaza; su cutis, sus manos y lo que pude ver de sus piernas eran de una extraordinaria palidez que resaltaba del fondo sombrío, había algo tan fantasmagórico y seductor en el aire que la rodeaba, algo incluso arcaico, pues me pareció que su apariencia correspondía a otra época, que me impresionó hondamente. ¿Quién era aquella seductora, pálida y melancólica desconocida? A pesar de que había bebido muy poco, por unos instantes pensé que lo que veían mis ojos era efecto de la bebida, pero cuando agucé la vista durante casi medio minuto creí percibir, sintiendo un estremecimiento gélido en el corazón, que la misteriosa mujer reparó en mí arrojándome una mirada realmente lúgubre y seductora; luego, en seguida, se puso en pie con un movimiento soñoliento, y con una de sus blancas manos hizo una seña como invitándome a que me acercara a ella. Que una mujer de palidez espectral, vestida con un ropaje negro y que estuviera parada en actitud extraña en la sombría entrada de la iglesia donde no se encontraba nadie, que esta misma mujer pareciera rodeada como de un halo sobrenatural y que sólo me contemplara a mí y yo a ella como si no hubiera ni un alma cerca de nosotros, mi imaginación me hacía pensar que su aspecto resultara propio de los seres fantasmales. Durante unos ocho o diez segundos la insólita aparición y yo nos miramos envueltos como en una atmósfera sepulcral en la que ninguna de las personas que estaba allí lo notaran; empero, de repente, la misteriosa dama, que me daba la impresión de que no tenía ojos más que para mí, me dio la espalda, y, con un paso imperceptiblemente lánguido y tan suave que me pareció que no tocaba el suelo, se alejó internándose en una callejuela que dista unos cien metros de un oasis que ya empezaba a verse envuelto por una ligera neblina procedente de los alrededores del cerro El Pilón, preludio de una inusitada noche fría. Sin embargo, confieso que la ilusión que forjé en mi imaginación de que podía tratarse de una encantadora dama que gustaba de la soledad nocturna y que frecuentaba pasear en los alrededores del oasis al claro de luna despertó en mí un sentimiento de melancólica lujuria. Sentía una inexplicable curiosidad por saber de quién se trataba y si acaso vivía en el pueblo para llevármela a la cama. Tras unos breves minutos en los que me asaltaron pensamientos románticos y voluptuosos me puse en pie decidido a buscar a la misteriosa joven dama que había visto en el sombrío umbral de la iglesia; no obstante, apenas avancé dos o tres pasos cuando oí la voz de Andrés que me dijo un tanto risueño a causa de la bebida y la música, y que en cierto sentido me hizo volver en mí:

— ¿A dónde vas, Alejandro? ¡Venga, vamos por un tequila para animarnos a invitar a bailar a aquellas dos muchachitas que están sentadas solas allá! —dijo, señalando con la mano a dos jovencitas de unos dieciocho años y de agraciada figura que parecían ansiosas de que algún caballero las invitara a bailar para pasar alegremente la noche, que a medida que avanzaba se ponía más fría. Quise contestarle que me dirigía a algún baño y a caminar un rato cerca de allí, para ver cómo surgiría la luna en el horizonte, pues sabía que no tardaría en salir en alumbrar con su pálido resplandor el pueblo, pero, inclinándome a la sinceridad, le contesté:

—Quizás pienses que estoy borracho, pero hace unos escasos minutos vi a una joven dama vestida de negro que permanecía misteriosamente de pie en la entrada de la iglesia, sin nadie que la acompañara. No sé por qué, pero aquella mujer o fantasma ha suscitado en mí una especie de irresistible sortilegio…

— ¡Ya se te subió la cerveza, primo! —dijo Andrés riendo un poco, quizá creyendo que estaba bromeando o que de veraz estaba borracho—. ¿Qué viste al fantasma de una mujer afuera de la iglesia? —dijo, y su mirada se detuvo en la fachada y en la entrada de la iglesia, donde, a pesar de la iluminación que había en la plaza que no alcanzaba a iluminarla, era bañada gradualmente por la plateada  luz de la luna invernal que ya empezaba a ascender en el negro cielo del este—.Pues, ¡no veo a ninguna mujer allí!

—No la ves porque se fue al oasis donde ahorita ha de estar acompañada por la luz de la luna. ¡Quiero saber quién es!, ¡quiero conocerla, Andrés! —le dije, y mi primo notó en mi semblante una viva emoción aunque por otra parte también echó de ver que estaba algo rubicundo a causa de la cerveza.

— ¡Insisto, estás borracho como una cuba, primo! —exclamó Andrés, dándome una palmada en el hombro—. ¡Allá en la iglesia no hay ninguna dama vestida de negro! A mí se me hace que tienes ganas de estar con una muchacha bien hermosa, ja, ja.

Y, de pronto, nuestra conversación atrajo a una pareja de ancianos que nos había escuchado que hablábamos de una tal mujer vestida de negro. Dejó sentirse un viento helado y su silbido que recorría las ramas negras de los mezquites que estaban cerca de ahí producía una nota triste y algo siniestra.

— ¡Usted ha visto al fantasma de la esposa del maldito vampiro que hace poco menos de un siglo intentó chupar la sangre de mi difunto abuelo! —dijo con voz expresiva un señor de unos setenta años.

— ¿Un vampiro, aquí? —preguntó Andrés, que ahora parecía dar crédito a lo que acaba de ver yo afuera de la iglesia, pues, cabe decir, mi primo era supersticioso.

—Sí —respondió el señor con el semblante serio y un tanto sombrío—, el vampiro del que les hablo, muchachos, dice la leyenda que cada noche de luna llena despierta de su hórrido sepulcro con el propósito de venir a intentar chuparnos la sangre mientras dormimos profundamente.

—Vámonos a la casa, viejo, antes de que nos topemos con el endemoniado Blackman —dijo una voz cerca de mis espaldas, y al darme la vuelta, vi a una mujer de unos sesenta años que al parecer era la esposa del anciano ranchero que nos hablaba de un tal vampiro. Entonces, en esos momentos, el cura del pueblo, acompañado de un grupo de personas, escuchó claramente la palabra “Blackman” y noté, un poco extrañado, que una especie de temor supersticioso se apoderó de ellos, y que una atmósfera de macabro misterio iba envolviendo al pueblo al compás de la neblina que se deslizaba lentamente sobre la tierra y sobre el espejo del oasis alumbrados por la luz fría de la luna, que me pareció que ejercía una influencia física en la gente e incluso en mí. La superstición de que presumiblemente andaba Blackman acechando en los alrededores del pueblo, incitada por mi observación de la dama de negro, corrió entre la gente que andaba apiñada en la plaza, como el rugido de un trueno.

A este respecto, quiero dejar en claro que en aquel entonces yo ignoraba por completo la leyenda o superstición de que existía un vampiro que en vida humana llevara el nombre de Arthur Charles Blackman en el pueblo de La Purísima, ni que este sanguinolento ser llevara alrededor de noventa años como “muerto vivo” en algún sepulcro del cementerio o en alguna cueva en los cerros de los alrededores, acompañado quizá de su esposa Loreto Osuna de Blackman, quien, según la opinión popular, se vio afectada de vampirismo luego de morir en un rancho el 11 de abril de 1912, según el epitafio de la tumba que yace erigida dominante en el cementerio. Un miedo que me pareció casi absurdo invadió a la gente que comenzó a dispersarse a eso de las once de la noche dirigiéndose, la mayoría, a encerrarse en sus casas, y otros tantos, apenas poniéndose en pie a causa de excederse con la bebida, se retiraron a las rancherías cercanas y al pueblo vecino de San Isidro.

—Hijos —dijo el sacerdote a las pocas personas que aún permanecían en la plaza, con un rosario en la mano y con el rostro serio y en el que sin embargo leí una emoción de ligera inquietud —les pido, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que vuelvan a sus hogares y que oren en su nombre para que el demonio, duende o vampiro que ande suelto cerca del pueblo no pueda hacer ningún daño sobre nosotros gracias a la bendita vigilia del cielo.

Tras estas palabras, la gente y el cura se fueron. Le dije a mi primo, que ya empezaba a amodorrarse, que nos fuéramos a la posada de don Presentación –el mismo hombre que nos informó sobre el baile y que nos permitió, a cambio de una pequeña cantidad de dinero, alojarnos en su casa durante el resto de la noche– pues, además de que no quería pernoctar en la plaza expuestos al presunto vampiro, me había enterado, durante el baile, que el señor Presentación tenía dos hijas muy bonitas que vivían con él, y que, a decir verdad, tenía ganas por dormir tan siquiera cerca de ellas.

Debía de ser casi la medianoche, cuando llegamos a la casa de don Presentación. La casa, como he dicho anteriormente, era de dos pisos y bastante vetusta, tenía numerosas habitaciones, la mayoría para huéspedes, una gran sala alargada, de techo alto, y se componía en su mayor parte de ladrillo rojo, aunque los tejados y el marco de las ventanas de las habitaciones estaban hechos de madera de un oscuro color pardo rojizo, semejante a la madera del enebro. Cuando penetramos en nuestra habitación, Andrés cayó como piedra en la cama sumiéndose en un sueño de plomo, en contraste, el sueño no gustaba de envolverme con sus etéreas alas mientras seguía pensando casi con obsesión en la misteriosa mujer que había visto en el umbral de la iglesia, y cuya fantasmal y encantadora imagen pululaba en mi cabeza excitada. ¿Era aquella desconocida un fantasma o una mujer de carne y hueso a la cual podía yo tocarle su encantadora y pálida piel? Sin embargo, cuando eché una mirada en el interior de la pieza, que se encontraba en el piso de abajo, me pareció algo lóbrega a la luz de una solitaria vela que había encendido  y cuya luz mortecina daba en dirección a un libro de E.T.A. Hoffmann que había traído conmigo y que tenía pensado leer para atraer al sueño, y a la blancuzca y sutil luz de la luna que se filtraba de lleno a través de una gran ventana de imagen melancólica que daba al cementerio del pueblo, pues había descorrido el cortinaje. En un resquicio de mi ensombrecido ensimismamiento reparé con estupefacción que la casa de don Presentación estaba próxima al cementerio, a unos doscientos metros, digo con estupefacción porque el hecho de que estuviera muy cerca del camposanto hacía acrecentar en mí la horrible superstición acerca del vampiro. Traté de leer El Hombre de Arena, de Hoffmann, pero fue en vano, pues mi imaginación seguía ocupada en la imagen de la pálida dama de negro. Luego, como no podía conciliar el sueño, me acerqué a la ventana y me puse a contemplar el níveo y terso resplandor de la luna, que iluminaba de manera casi fantástica y siniestra al cementerio. Apenas llegó la medianoche noté que un viento frío empezó a aullar fuera y a arreciar como si fuera una bandada de invisibles espíritus gimiendo lúgubremente e intentando penetrar el interior de la casa, pues, en mi ensimismamiento, creí escuchar que la gran casa crujía. De hecho, esa noche hizo un frío que calaba hasta los huesos, y no creo exagerar que la temperatura bajó cerca de los tres o dos grados centígrados en algunas regiones serranas cerca de La Purísima.

Entretanto, creo que eran alrededor de la una de la madrugada cuando escuché unas voces que provenían del otro extremo de la casa, voces que claramente percibí a pesar del aullido del viento, probablemente a través del resquicio de la puerta de nuestra habitación. Me di cuenta que eran las voces de las dos hijas de don Presentación, la de él e incluso me pareció escuchar una cuarta voz afuera de la ventana donde yo me encontraba pero que no alcancé a descifrar su mensaje. Observé detenidamente afuera, pero no había nada que ver más que el monte, el cementerio, el cerro El Pilón, y la plateada faz de la luna colgada en el cielo estrellado. Una lóbrega inquietud empezó a embargarme; segundos después me puse a escuchar lo que decían las muchachas a su padre.

— ¿Qué sucede, hija, por qué me despiertas? —decía don Presentación a una de ellas—. Hace frío, la noche es larga y es mejor que descansen.

—Nos levantamos porque escuchamos unos ligeros golpes en la ventana del cuarto, papá—le contestó la muchacha,  y en el timbre de su voz me pareció percibir cierta dosis de temor—.Sofía y yo no hemos podido dormir al pensar en que el horrible vampiro ande suelto en el pueblo.

— ¿Y si es el  horrible vampiro que está afuera de la casa, papá? —se oyó otra voz, que sin duda era la de Sofía.

—No pasa nada, mis niñas —dijo don Presentación—, duerman tranquilas y piensen en cosas dulces, que eso son puras bobadas de cuentos de viejas. ¡Válgame no más! Tienen como cien años diciendo que hay un vampiro en el pueblo y sin embargo no se ha demostrado.

—Pero, ¿y si en verdad anda suelto el vampiro? Aunque según la leyenda dice que si no lo dejamos entrar no podrá penetrar en el interior de la casa.

—Bueno, bueno, pues si el maldito vampiro se atreve a poner un pie afuera de nuestra casa, le dispararé en el hocico con la pistola o lo quemaré hasta que no quede ni el tuétano de sus huesos impuros. ¡Ahora, ya váyanse a dormir, mijas, ya es noche, pues!

Dichas estas palabras, no se oyó nada salvo el gemido del viento que no cesaba de soplar en la ventana. El sueño de Andrés era tan pesado que ni siquiera oía su respiración, y me daba la impresión inconscientemente de que se había ido al otro mundo, pues podría habérsele confundido con un muerto. Al poco rato me acosté en la cama, que estaba cerca de la ventana, y esperé a que el sueño cerrara mis activos párpados…, sin embargo, de pronto, súbitamente sentí que el corazón se me quiso salir del pecho al ver tras la ventana el lívido y mortal rostro de un hombre de elevada estatura, de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, vestido con una capa negra que correspondía a la moda del gótico victoriano de finales del siglo XIX, y cuyo semblante era detestablemente cruel. Sus ojos eran grandes, vidriosos, y estaban iluminados por una malignidad horripilante. Su cara era del color de la cal, mantenía el espeso entrecejo fruncido y de sus duros y delgados labios se dibujaba una sonrisa de carácter satánico. Quería gritar, pero un miedo inexpresable me inmovilizó por completo. ¿Acaso aquel hórrido semblante correspondía al vampiro llamado Blackman? ¡Cómo se me heló la sangre al ver aquel rostro propio del cadáver de un sanguinario pegado al vidrio de la ventana! Entonces, en aquellos momentos, escuché que el espectro dio tres golpes a la ventana como si esperara a que yo le permitiera entrar. La mirada sádica de aquel semblante estaba clavada en mí mientras oía claramente cada latido veloz de mi corazón, y, pese al miedo (sentimiento que evito siempre que me es posible), fingía que dormía con los ojos abiertos mientras permanecía como paralizado debajo de las sábanas que me cubrían hasta la altura de los hombros. Si bien había leído acerca de Drácula y otras historias sobre vampiros de las fascinantes tierras de Europa Oriental, verdad es que nunca me imaginé que me encontraría cara a cara con un ser de esta naturaleza, a pesar de mi sensibilidad supersticiosa atribuida a leer tantas obras góticas. Quizá pasaron diez o quince segundos, aunque a mí me parecieron horas, cuando de pronto el lívido rostro del espectro se movió retirándose de la ventana y, en medio de una tensión escalofriante, y como si el sentido de mi oído se agudizara más, pude escuchar el inquietante sonido de sus pasos en dirección al lado de la casa donde se encontraban las hijas de don Presentación. Como no tuvo respuesta por parte mía, creí que el espectro o vampiro se dirigía a la ventana del dormitorio de las muchachas con el claro propósito de entrar fuera como fuera para, ¡ay!, chuparles la sangre. Empero, antes de que quisiera levantar a Andrés y de advertir a don Presentación sobre la presencia de esta criatura aparentemente inhumana, de repente se escucharon los gritos de las muchachas poniéndome los pelos de punta y provocando que hasta mi primo se despertara.

— ¿Qué demonios fueron esos gritos, Alejandro? —me preguntó con la frente bañada de sudor, adormilado y, a juzgar por su rostro rubicundo, parecía hallarse en una modorra que no le permitía ponerse en pie, debido a que había empinado el codo un poco más de lo apropiado para encontrarse en un estado risueño sin excederse.

— ¡Despierta, Andrés, el vampiro anda afuera de la casa acechándonos! —le dije, luego caminé hasta la puerta y la abrí decidido a ir con las muchachas—. ¡Ven, vamos!

— ¿Qué?...,  no existen los vampiros, Alejandro…, sigues borracho…o a lo mejor estabas soñando.

— ¡Despierta, es verdad lo que te digo, hace unos momentos lo acabo de ver con mis propios ojos pegado en el vidrio de la ventana, ¡aquí estaba!, ¡es Blackman! —le repliqué presa de nerviosismo y temiendo ya que el vampiro estuviera dentro de la casa.

— ¡Estás soñando! —me respondió y se tapó la cara con las sábanas.

De pronto, volví a escuchar unos golpes en la ventana pero esta vez no estaba nadie pegado al vidrio. Instantes después, apareció el señor Presentación con una pistola en la mano acompañado de sus dos hijas que, aunque tenían una saludable tez morena clara, se mostraban pálidas como el lienzo y estremecidas de pavor al oír golpes en la ventana de su cuarto; sin embargo, cuando les pregunté si vieron al vampiro, ellas dijeron que no pero también pensaban que se trataba de él. Don Presentación, con paso dudoso y la pistola en la mano, avanzó hacia la puerta principal de la casa haciendo ademán de salir afuera dispuesto a aniquilar al vampiro, sin embargo, yo noté en su semblante una expresión de intriga con respecto a enfrentarse a una criatura que probablemente fuera inmune a este tipo de arma, pues, como lo había sospechado desde el principio, Don Presentación, aunque no lo demostraba con su aspecto incrédulo y sus palabras, era tan supersticioso como un transilvano que vive cerca del lóbrego y solemne castillo de Drácula. En aquellos minutos de inquietante expectación, como si un ente desconocido y pícaro quisiera aumentar nuestro temor, se fue por completo la luz eléctrica quedando el interior de la casa sumido en una ensoñadora claridad crepuscular, pues la luz de la luna llena se filtraba a través de las ventanas. Y, tras breves segundos, nos dirigimos a la ventana del dormitorio donde estaba Andrés para ver si el vampiro andaba en los alrededores.

— ¡Hay que llamar al padre Bonifacio, papá, pronto! —dijo con voz trémula Sofía, la hija mayor de Don Presentación, y, a pesar de la situación pavorosa en la que estábamos metidos, confieso que experimenté por ella una atracción irresistible, pues, a la luz blancuzca de la luna, sus rasgos casi infantiles eran realmente dulces.

— ¿Y para qué queremos al cura, mija? —replicó don Presentación—, el maldito vampiro no nos podrá hacer nada mientras no le permitamos entrar en la casa.

Y, tras estas palabras, estaba casi persuadido de que don Presentación en el fondo creía en la existencia de Blackman y que era un hombre un tanto entendido en lo referente al vampirismo, pues, según la leyenda popular, un vampiro no puede entrar en una casa si el dueño o cualquier persona que esté dentro no se lo permite, aunque personalmente creo que esto no sucede con todas las razas de vampiros. Cuando estábamos junto a la ventana mirando a lo lejos la entrada del cementerio y al fondo el cerro El Pilón caldeados por la claridad lunar, no había ningún ser de ultratumba, y tan sólo contemplamos una densa niebla de color azul plomizo que, como si tuviera vida propia,  se movía lentamente en dirección al cementerio, envolviendo con su fantasmagórico manto las antiguas tumbas diluyéndose, extrañamente, en el gran mausoleo blanco erigido y donde descansan los restos de Loreto Osuna de Blackman y los de su padre, un tal José Osuna. Salvo Andrés, los demás no pudimos dormir el resto de la noche, mientras que yo no dejé de pensar en la misteriosa mujer vestida de negro que no volví a ver. Desde entonces, que yo sepa, no se ha vuelto a ver a Blackman merodear a la luz de la luna en el cementerio y en los alrededores del pueblo de La Purísima.

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