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El Valle inquietante

Escrito por Jorge Enrique Peredo Mancilla en Martes, 01 Octubre 2013. Publicado en Literatura

El presidente y la invasión de los autómatas

 

Cierto copetudo, famoso por sus pifias y sus recurrentes lapsus brutus, me dio el pretexto ideal para elucubrar sobre la sensación de que en su mirada vacua y nebulosa hay algo desconcertante, algo del valle inquietante…

 

Inquietud

 

Hace tiempo,  mientras checaba las novedades en Facebook me topé con un artículo que lanzaba al aire la pregunta Is the uncanny Valley a Myth?.  La curiosidad me ganó así que hice clic para descubrir el  valle inquietante,  hipótesis desarrollada en los  70’s en el contexto de la robótica. Tras leerlo llegué a la conclusión de que, de mito tenía poco y que además su alcance era insospechado, por lo que decidí indagar en las raíces del concepto. No se trata de un lugar de pesadilla plagado de maquinas asesinas, sino del agujero que se abre en nuestra percepción cuando enfrentamos lo irreconocible, una especie de mecanismo de alarma: un conflicto insondable que existe en nuestra propia mente.

                                Aunque lo inquietante fue estudiado con anterioridad, fue Freud quien desarrolló el concepto en el ensayo “Unheimlich (Lo ominoso)”. La  inquietante extrañeza de la que el habla  hace referencia al rechazo que experimentamos cuando lo que es percibido en el otro, al evocar contenidos reprimidos por nuestra pisque, rebasa nuestra  percepción de lo cotidiano. De acuerdo a la filósofa búlgara Julia Kristeva[1], se trata de “procesos y contenidos representativos” que fueron reprimidos, y que se hacen manifiestos. Experimentamos angustia ante lo raro que hay en el otro, que al final no es más que un resultado de la propia represión.  Kristeva explica que tal grado de rechazo nos hace incapaces de interpretar lo que vemos y escuchamos, “el otro nos deja separados; incoherentes, más aún, puede darnos el sentimiento de carecer de contacto con nuestras propias sensaciones, de rechazarlas o al contrario, de rechazar nuestro juicio sobre ellas, sentimiento de ser estúpidos, engañados.”

 

 

El Valle

 

En los años 70’s el robotista Masahiro Mori descubrió que todas estas nociones psicoanalíticas y filosóficas le servirían para estudiar la respuesta emocional del ser humano al ser confrontado con entidades no humanas. La hipótesis que desarrolló plantea, que entre mayor es la similitud entre un robot y una persona, mayor es la empatía, sin embargo llega un momento en el que la reacción es de profunda repugnancia. Aunque haya una aproximación en imagen y  en comportamiento, si la artificialidad y cualidades mecánicas son altamente evidentes (texturas, materiales, funcionalidades), los aspectos humanoides resaltan y despiertan nuestra simpatía. Pero en el momento en el que se convierte en un simulacro casi mimético del hombre el efecto se invierte: los movimientos entrecortados, la frialdad de su piel falsa y esos ojos inertes, nos sacan de onda; nos aterran porque se quedan cortos en su simulación, ni siquiera representa una ilusión. Este rechazo es el que abre el hueco al que bautizó: valle inquietante.

                De acuerdo al diagrama de Mori, lo que existe en el fondo del valle es el zombi. Sí, sin que seamos conscientes, al estar frente a un robot humanoide el mecanismo de lo inquietante nos entrega al muerto viviente. El otro a través de su propia imposibilidad desentierra en nuestra mente aquello que debe permanecer a la sombra.  ¿Y por qué el zombi?  Porque se trata de un ser que alguna vez fue como nosotros, pero que ahora, carente de conciencia, actúa guiado por la inercia de su propio estigma o bajo el yugo de un amo. La muerte aunque no está presente en nuestros procesos activos, existe en forma de instinto y de construcción en la psique de todos nosotros, se encuentra dentro de lo reprimido que en circunstancias anormales se hace manifiesto. Por tanto si lo animado provoca una confrontación con la muerte la reacción obvia será de extrañeza y repulsión.

                Como se dijo antes, una de las señales más evidentes reside en la mirada. El artículo mencionado más arriba afirma que “El valle inquietante es ese sentimiento a lo Final Fantasy cuando los ojos de un robot o personaje CGI están demasiado muertos para ser creíbles”, pero más abajo, en la sección de comentarios alguien dice que la hipótesis tiene poco que ver con figuras animadas, que en realidad se trata de la emoción misteriosa que se desata cuando te topas con una persona en la que algo “no parece correcto”, y que al percibirla como el contendor de agentes patógenos te provoca el impulso de incinerarla. La importancia que encuentro  en ambas lecturas reside en la mención de  los ojos ¿qué tal si la angustia indeterminada que sufrimos ante algunas personas, se relaciona directamente con unos ojos que nos miran pero que evocan a la muerte? Dicen que los ojos son la ventana del alma y es precisamente por eso que los robots antropomórficos nos aterran, porque no hay alma, porque su mirada esclavizada por un programa, es al mismo tiempo la del muerto viviente.

                Como podemos ver hay seres de carne y hueso que nos producen la misma reacción que una máquina humanoide. Lo que nos da cierto espacio para preguntarnos: ¿y si hay autómatas  entre nosotros: entidades de carne y hueso carentes de conciencia y de libre albedrío? Entonces, ¿cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿alguien los controla o son guiados por un insaciable impulso primitivo? Erich Fromm en El miedo a la libertad (en otro contexto) habla de un carácter autómata que consiste en la asimilación de pensamientos implantados. ¿Será que ahí reside el misterio de los autómatas biológicos? ¿Se tratará de  entes que fueron despojados no sólo de sus pensamientos, sino de su mente…?

 



[1] “Heimlich/Unheimlich”, la inquietante extrañeza http://www.debatefeminista.com/PDF/Articulos/freudh761.pdf

 

Acerca del Autor

Jorge Enrique Peredo Mancilla

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