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LA HORMIGA

Escrito por Raúl Cota Álvarez en Viernes, 11 Noviembre 2016. Publicado en Literatura

Me llamo Manuel, tengo siete años y debo confesarlo: tengo miedo a las hormigas.

Si, lo sé, ¿qué justificación puede tener, en un niño de esta edad, el miedo a tan diminutos y en apariencia inofensivos seres? Pues bien, recuerdo perfectamente el día en que inició mi pesadilla, fue el año pasado en la escuela, durante el recreo estaba jugando a esconderme con mis amigos y fui a dar a la parte trasera de los salones, alejada de la plaza cívica, la tiendita y los demás lugares que todos escogían (lo que me aseguraba un buen escondite) fue entonces me encontré de frente con un pequeño pero terrible espectáculo: un hormiguero de tamaño inmenso, del cual brotaban sin freno hormigas coloradas, desesperadas, unas salían a gran velocidad hacia todas partes, otras entraban con pedacitos de comida y hojas, pero todas parecían tener demasiada urgencia por hacer lo que sea que tuvieran que hacer.

Mientras decidía si regresar por donde había llegado, saltar el monstruoso cuartel de tierra o sacarle la vuelta, una rojísima gotita de fuego subió por mi pantalón, mi camisa, y no bien sentí sus pisadas por mi cuello, ya estaba en mi mejilla dispuesta a dejar su marca  en mi rostro… ¡es lo más doloroso que me ha pasado! (Bueno, eso y la visita al dentista), pero esto fue más salvaje. Sin darme cuenta, había sido víctima de una bestia, una muy pequeña, si, pero bestia de todos modos.

Pasé toda esa tarde con una pomada apestosa en media cara y un puntito rojo que bien podría pensarse era el terrible aguijón del monstruoso animal, pero luego tuve que aceptar lo que dijeron mis papás, que las hormigas no tienen aguijón, que sólo me había mordido y que eso era un ampollita, si, claro, como ellos no habían caído en una emboscada de furiosas hormigas carnívoras, pero en fin, el caso es que entre la gran cueva  de hormigas, el cruel y despiadado ataque a mi mejilla, (el cual por cierto me hizo dar un grito de dolor tan fuerte, que fui el primero en ser descubierto) y la pomada apestosa, ése ha sido hasta hoy el peor día de mi vida.

¿Que por qué recuerdo esto? Si bien es cierto que desde aquel día he vuelto a toparme con hormigas de todo tipo, negras, cafés, unas de color miel casi transparente y las malditas rojas, he sabido salir ileso, (más bien me he visto en la necesidad de huir velozmente), y poco a poco mi pánico se ha ido convirtiendo en un temor cada vez más tenue, esa rutina de encontrarlas hasta en la sopa las estaba convirtiendo en presencias mas o menos tolerables.

Todo iba bien hasta que ayer mi papá me dio la noticia: iría por primera vez con ellos a visitar la tumba de mis abuelitos, algo que había estado esperando desde hace ya tiempo, porque los extraño mucho, todavía recuerdo como mi abuelita secaba mis lágrimas cuando algo me hacía llorar, era el mejor momento de mi día, y la sonrisa de mi abuelito calmaba cualquier dolor y me hacía reír a mi también.

Pero la mejor noticia del día dejó de serlo muy pronto, ya que también me enteré que Sofía, mi prima de ocho años, iría con nosotros.

¿Qué tiene de malo eso? Sofía es un año mayor que yo, y eso parece ser mucho tiempo ya que siempre me cuenta historias descabelladas; habla de accidentes, monstruos y cosas horribles que dice haber conocido, lo cual me hace pensar que llegar a los ocho años no será muy agradable. Además, apenas llegó a casa para unirse a la visita, empezó a decirme cosas horrendas sobre los cementerios, las tumbas y sus colores tristes, la hierba por todos lados, como una peligrosa selva pequeña, pero lo que más me asustó: mencionó que las hormigas ahí eran inmensas, de un color rojo sangriento  y que se podían escuchar sus pequeños gruñidos de ataque. Listo, la visita al cementerio sería el nuevo peor día  de mi vida.

El camino no fue tan largo como yo deseaba, llegamos pronto a unos portones enormes por los que, imaginaba, saldrían gigantescas hormigas lanza fuego. Pero para mi pasajera tranquilidad sólo entraban y salían personas comunes y corrientes.

 Hasta ahí todo seguía algo normal, así que me dediqué a seguir  a mi prima con la mirada, esperando que ella las viera primero y cuando corriera, yo la seguiría, a dónde no lo sé, pero eso sí, lejos de las bestias come cachetes.

Seguimos por un camino que pasaba entre tumbas y capillas de todo tipo: algunas parecían casitas, otras eran sólo lápidas y cruces enterradas. La de mis abuelos era una losa blanca, brillosa, lisa y helada de la que salía una cruz de metal con sus nombres escritos con una letra rara, pero bonita.

Ahí mis padres comenzaron a limpiar, barrer alrededor y recoger basura, mientras Sofía se perdía jugando entre las capillas que estaban a los lados.

Yo simplemente me quedé ahí, parado, viendo la tumba de mis abuelitos, con un nudo en la garganta. Tan concentrado estaba pensando en ellos, que no me di cuenta cuando una escurridiza hormiga llegó hasta mi mejilla, y ahí mi recuerdo cambió por el de aquella mañana terrible, y volví a paralizarme como si todo se repitiera, y esperando la dolorosa mordida, apreté mis ojos, una lágrima fue a caer al pequeño lomo de la no tan diminuta fiera, que bajó con rapidez por mi ropa, llevando encima mi lágrima con gran equilibrio, hasta el pie de la tumba, donde se detuvo un momento, pareció voltear hacia mí y se metió por la orilla de la lápida.

Entonces sentí una leve brisa, muy fresca, casi vi a mi abuelita secando mi lágrima en la espalda de la mensajera, y en la losa blanca esa risa de mi abuelo que siempre me tranquilizaba. Sin duda, ayer fue el nuevo mejor día de mi vida.

No dejo de tener algo de miedo a las hormigas, pero hoy cuando me encuentro alguna, recuerdo ese día en el cementerio y todo vuelve a la normalidad.

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