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LOS LÍMITES INVISIBLES

Escrito por René Mayoral en Lunes, 06 Abril 2015. Publicado en Cuento, Literatura

 

El televisor muestra cualquier tontería que se convierte en el confuso murmullo de fondo que escucho mientras escribo apurado(el tiempo vuela) un ensayo sobre la Tabla de Schoenberg, un sistema de análisis de la armonía musical, tan absurdo como tratar de explicar que la televisión y yo nos relacionamos en que: el televisor está frente a: la cama en la que está: mi mamá que mira: el espejo, que está junto al: escritorio: en el que escribo.

Tacho una frase y prosigo. El cuarto de hotel, tan blanco y genérico como un domingo cualquiera, mantiene a mi papá dando vueltas en el pequeño cuadrado de seis por seis, por una pierna lastimada de hace días. El tiempo vuela, los humanos, los humanos caemos, rodamos, etc.

Mi mamá cabecea mientras los anuncios se apropian de la pantalla. Yo apuro el vaivén del lápiz sobre el papel con el sueño en mente de poder soñar esta noche(es una tarea que se debe entregar. Uno debe comprender que el tiempo vuela, que las responsabilidades pesan, que hay ciertos límites invisibles que cuando se traspasan se pierde el sendero, hijo, etc.) Reflexiono cadenciosamente sobre la nomenclatura acordalschoenbergniana mientras engullo, valiéndome de la mano libre, la extraña libertad de una fritura cualquiera que cruje en mis muelas sin pudor. Es entonces cuando mi papá se voltea consternado y me dice: René, no comas eso, tiene glutamato monosódico. Y se contraría, y se preocupa apoyado en la cama. Entonces me encuentro en un cuarto de hotel lejano a la casa primera, con mis papás al borde del divorcio, con mi papá ahogado en su propio silencio tras una sonrisa de político bonachón y padre de todos, cojeando un pie de su cuerpo, pero arrastrando ambos en su cabeza, preocupado, afligido mucho, ya sin pensar en el amor o la tragedia, sino en el glutamato, como un demonio invisible que se encarna en nuestro cuerpo con cada fritura que se amolda tras las muelas con un crujir que no es de muelas, es el áspero camino que uno cava hacia el infierno. El glutamato monosódico con su crujir de huesos, la muerte saborizada. Entonces no puedo pensar sino que mi papá teme al glutamato por lo mismo que al amor o al matrimonio, por intangible, por irreal. Por no saber la causa de sentir que sus pulmones se contraen. El estrés, otro mal invisible. El tiempo vuela. El tiempo vuela como las golondrinas, sí, pero ése no volverá, fundará un nido y se comerá a sus polluelos.

Mi papá se nubla en pensamientos que lo asaltan. Se sienta en el sillón con un semblante de vacío, como si le saliera de improviso el chamuco o el chamaco, que de los hijos lo primero que conocemos es que son un bulto, y lo último… caramba, qué coincidencia.

Se sienta en la cama junto a mi mamá y mira a esa mujer con la que ha vivido durante veinticinco años, ésa que se adormece viendo tele, que abre un poco la boca al dormir, que se incorpora como siempre como si el cuarto se quemara… es el infierno del glutamato. Se miran en silencio(el televisor sigue gritando sus dolencias) sin saber nada del otro, para descubrirse más desconocidos que nunca, en un cuarto de hotel semielegante, en su estúpido papel de amigos, de la infancia. No los son, no lo son. Un amigo no te destruye. Un amigo no destaza lo que resta del amigo, mi parvulencia sentada en el suelo y jugando canicas con sus propios ojos sacados, y con eso de que recién se murió José Emilio Pacheco, ahora quién comprenderá mis penas, ahora quién llorará por mí.

La verdad no estoy dolido. La verdad la vida es como ver la tele y no al revés. La vida es una pantalla que representa el pudor excesivo y antinatural de las etiquetas facebookeras: yo soy tu hijo y mi amor y mis recuerdos por siempre vinculados a tus ojos de un verde que con los años se ha vuelto azul. Yo, que nací del epicentro de su ser, de las partes venerandas, del deseo, del amor, de eso que se hace cuando los demás mortales duermen,  yo que soy genética, que soy el rastro que van dejando, y qué poco sé en verdad de sus adentros.

Mis papás, llegado un día, dijeron que se tomarían un tiempo(que por cierto, vuela), que son amigos, que la familia como una institución es un edificio cimentado en el dolor que no se dice, cultivado con falsos preceptos, un hombre no puede destruir su libertad, no puede mantener los pies en raíces de árbol cuando nacieron para hacer caminos, para saltar bardas. Mi mamá calla. Mi papá ríe, recordando lo alto de la barda que saltó justo antes de lastimarse el pie. Ambos repiten la misma escena de veinticinco años, de toda mi vida.

La verdad no estoy dolido de oír que me digan, ahora que ya eres adulto, que somos amigos, Renito, que mis papás se separan. No estoy dolido de estar aquí, tras oír las palabras que condenan al fin esa inercia de tantos años, y sin embargo vivir un día más, aquí, en el cuarto de hotel, alejados de todo recuerdo, lugar o persona que encarne esa otra vida que vivimos, como si nos encontráramos, ya, después de separarnos, sin rastro del camino que nos trajo aquí, como desconocidos, como apenas una etiqueta.

Mi papá se acomoda en la cama y mira televisión mientras flexiona las rodillas para forzar al dolor a no doler. Cuánto tiempo habrá pensado en separarse, desde cuándo se sintió cansado, cuántas de sus sonrisas escondieron un sollozo, una frustración. Veo cómo poco a poco, como el hielo bajo el sol, la figura de la infancia, el padre amoroso, la abnegada entrega a mis caprichos, se va derritiendo para dejar ver al hombre en esta cama. Un hombre real que se recuesta y sufre, y se siente viejo porque por la pierna herida tiene que usar bastón, y sobreactúa sus andares y sus gestos para no sentirse ridículo, y se ríe de sí mismo para no caer en la carcajada de alguien más. Mi papá, un hombre abrumado por todos estos males invisibles, como el tiempo que le jala los pies por las noches, o el glutamato monosódico y todas esas mierdas que se joden el cuerpo, puros químicos, chatarra, René, que lo obliga a ir a correr y saltar bardas, y sentirse sudar, y vivir de su cuerpo, que el espejo dice que ha cambiado, que ya no es lo que era, aunque aún hay esperanza, guiñe una lágrima ambigua el espejo, y el matrimonio, otro espejo que le encaja cadenas al vientre, que engorda y se siente cada vez más propenso a caer en la cama y no levantarse más, como una tortuga, a morir en el así se fue, cada día las mismas sábanas, cada día los mismos fantasmas rondando la puerta.

Cómo permitimos que eso pasara, que nos ataran las manos, que nos rodeara un mundo construido de mentiras y de mierda y de ventas por catálogo y nomenclaturas estúpidas para cosas que no se pueden nombrar. Cómo nos creímos el proferir de un pendejo que nos dijo esto es vida y se vive así. Ahora me encuentro con mis papás, tendidos como la noche sobre las camas del hotel, mi papá luchando contra él en sus adentros, hundido en esos temores que no me va a contar, que seguirá ocultando tras la simpática fachada que todos aman, tras un comentario erudito y un chiste lépero. Y mi mamá, ahora durmiendo, ahora tranquila, un poco curiosa aunque asustada con su nueva vida de amante a escondidas de su propio esposo, se recuesta, hace planes para el día de mañana, se preocupa de que no se trajo las pastillas  que la diabetes, otra soga de aire, le obliga a cargar. Hoy está tranquila y no sabe que después va a llorar, cuando las cosas no funcionen, cuando sienta que ha perdido la cosecha en un invierno que no tenía que llegar.

Es bueno estar aquí, en este cuarto rentado, en un tiempo que no existe, en una cotidianidad que se va a acabar, que no va a soportar que se le vea nuevamente a los ojos sin tener que bajar la mirada. Es bueno estar aquí y reírse por las cosas que no importan. Los amo. Los amo y la verdad no los conozco, no sé dónde acaba su persona, no sé qué piensan, no sé qué pasará.

No existen las lágrimas, existe el continuo andar, un disolverse. Se está feliz, en estos cuatro muros. Lo que no puedo evitar pensar es, después de que el tiempo vuele y se pierda sin rastro con el viento, cuando la vida se acabe, cuando seamos invisibles también nosotros, ¿qué me llevaré de ustedes? ¿qué es lo que se quedará de las personas que amo? ¿Qué relación nos unirá, más allá de ser los ojos que se cierran sobre el foso aún descubierto, ahí donde los gusanos comerán de mi cadáver?

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