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LOS DIÁLOGOS DEL ORTRO (Capítulos XIII y XIV)

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Domingo, 07 Febrero 2016. Publicado en Literatura

13

 

—Necesito que vayas esta noche a una reunión convocada por El Jefe —enfatizó José a Federico, anotando en una tarjeta los datos.

—Por ninguna causa vayas a faltar; estamos cerrando la operación; eres parte de ella.

—Ya mencioné que no contaras conmigo; cumplí con mi parte —atajó Federico, imprimiéndole a su voz la seguridad que estaba lejos de sentir.

—Y yo dije que El Jefe decidía cuándo, ¿para qué lo haces enojar? Te veo a la hora y lugar fijados —remató José, saliendo de la oficina, con la mirada de Federico sobre él: careció del temple para ponerle un alto, así que realizaría la operación contra su voluntad. Ni siquiera podía fingirse enfermo porque sabía cómo se las gastaban los hombres de El Jefe, en especial José. Respiró hondo, con los nervios instalados en el cuerpo. Tocó el timbre para llamar a Cirse sin obtener respuesta. Se levantó, para ver si estaba en su escritorio, pero halló el asiento vacío. Entonces el enojo emergió con el calor suficiente como para espantar los demonios que lo acosaban en ese momento; José era su demonio y quería sacudírselo. Miró para todos lados. Preguntó gritando si alguien conocía el paradero de Cirse. Algunos voltearon a verlo, pero nadie dijo nada. Regresó a su oficina dando un portazo. La mujer se lo hacía siempre, desaparecía como si adivinara a lo que ese hombre iba. Ahora necesitaba de su presencia porque ofrecía la posibilidad de depositarle sus exabruptos emocionales. Se sentó en el sillón, poniendo los pies sobre el escritorio para quedarse dormido.

Reaccionó con unos golpes suaves de la puerta. Había pasado más de una hora. Rápidamente se acomodó, lanzando una voz ronca que más bien parecía súplica. Del otro alguien pedía permiso para entrar: era Cirse.

—Pasa —vociferó—, ¿dónde carajos te metes?; nunca estás cuando te necesito.

La secretaria entró con la cabeza agachada, escabulléndose del contacto visual; guardó silencio para saber cuál era el asunto, que usualmente tenía un patrón: el hombre gritaba primero, luego insultaba, al final concluía con cualquier orden.

—Como siempre, todo lo que diga, deberás mantenerlo en secreto; ni siquiera lo comentes con Polo, aunque sea del equipo; a él le encomendé otra cosa. Escucha bien: el día de la elección que los datos de las diferentes casillas se inclinan a favor del otro candidato. No preguntes por qué, sólo hazlo, yo sabré compensarte.

Cirse tragó saliva.

—No me gustaría hacer eso —soltó, con inseguridad—, se supone que apoyamos al nuestro.

—En efecto, así es, pero no nos conviene.

 

 

14

 

—¿Qué pasó con el fulano con el que te verías?

—El hombre D llegó como en las películas… tapado hasta la cabeza… No me lo podía creer… me recordó el personaje de El complot mongol… ¿te acuerdas de esa novela?

—Sí, una parodia, ¿no?, de Rafael Bernal.

—Exacto… aunque para serte sincero el hombre era más bien ingenuo.

—¿Ingenuo?

—Sí, pero no dije ni hice nada… no fuera a ser la de malas que me sacara una pistola...

—¿Pero qué te dijo?

—En pocas palabras, que quería información privada de mi jefe.

—¿Qué respondiste?

—Que necesitaba más pruebas sobre la deshonestidad de Federico.

—Pues tú lo has sentido en carne propia.

—Es difícil actuar… depositó en mí sus asuntos… romper con eso me causa un conflicto grande… Me obligó a prometerle lealtad.

—¿Hizo eso?

—Exigió que le llevara información de otros consejeros… Intuyo que así tendrá armas para situaciones adversas…

—¿De plano?

—Pues, ya no sé… Me enredé sin pedirlo… A veces extraño el tiempo en que éramos adolescentes.

—Fue un buen tiempo… Muy revuelto.

—Libres de toda complicación.

—Es que ahora vivimos otras cosas… compromisos adquiridos… otra época.

—Me acuerdo cuando estuvimos tú y yo en mi casa bebiéndonos dos botellas de vino espumoso… que nunca me gustó, por cierto… Mi mamá pasaba a cada rato… Nomás nos veía de reojo… Tomábamos lentamente, en silencio… De vez en cuando, por espacios largos… decíamos algo de la música que teníamos puesta… que iba de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Miguel Ríos… a Los Beatles, Los Rolling Stones y Kansas… o comentábamos los libros que leíamos… En una de esas vueltas mi mamá se detuvo frente a nosotros para decirnos… Bueno, ¿qué clase de borrachos son ustedes que no hablan?

—Es verdad, nunca fuimos buenos para el trago… Nos reímos mucho de la ocurrencia.

—Así era ella.

—Jano… ¿te acuerdas de aquel sábado… cuando nos pusimos una buena en el local que nos habían heredado a mi hermano y a mí?... En el clímax de la fiesta uno de nosotros se puso a jalonear una señalización de tránsito… un alto… luego pasó una patrulla… nos agarró con las manos en la masa… Corrimos a escondernos dentro del local… Creo que tú te metiste en un barril lleno de agua… Ahí te sumergiste hasta que no hubo moros en la costa… lo más cómico… cuando intenté salir a defender nuestra causa… frente a la autoridad… en cuanto saqué el brazo… que me serviría de apoyo para soltar mi arenga sobre los derechos ciudadanos… el uniformado me jaló… me sometió en cuestión de segundos… llevándome a la delegación.

—Esa noche la pasé horrible porque me dio una gripa de los mil diablos… Aquel lunes siguiente nos reímos hasta orinarnos porque bromeamos con que te había hecho preso político el sistema.

 

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