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LOS DIÁLOGOS DEL ORTRO (Capítulos XIX y XX)

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Domingo, 07 Febrero 2016. Publicado en Literatura

19

 

Polo llegó temprano a la oficina. Cruzó la sala principal hasta el escritorio de Cirse, quien protegía sus ojos con unas enormes gafas oscuras; una mascada de colores pastel rodeaba su cuello.

—Parece mosca —dijo, tratando de bromear, sin sentirlo. Ella no hizo ningún gesto.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, gracias, puro desvelo —contestó, seca, sin más explicaciones.

—¿Está su jefe?

—No ha llegado.

—Por favor, avíseme en cuanto esté aquí; me urge.

Cirse observó cómo Polo daba un portazo al entrar a su cubículo. Estaba cansada. Los golpes en el pecho y en las piernas aún dolían: Federico fue poco dulce la noche anterior:

—Cuidado con que digas algo porque el siguiente paso no será una golpiza —le aseguró lleno de furia, después de propinarle patadas en el vientre, jadeando, extasiado, lleno de sudor, riendo en cada golpe, gozando con la hinchazón que producía; incluso, como un juego, la había tomado del cuello apretándola lentamente para ver cómo perdía la respiración, soltándola de vez en cuando para que retomara aire. La embistió una vez tras otra. Al final, terminó violándola.

El ruido de una máquina la hizo regresar. Que nadie preguntara ni se compadeciera, sólo quería ocultarse bajo el escritorio, sumergirse en la oscuridad, hacerse polvo, mezclarse en las paredes (su fantasía estaba muy lejos de convertirse en realidad). Discretamente pasaba la mano por los costados, sintiendo el malestar que recorría las heridas.

—Juro que lo dejaré un día de éstos —dijo, suspirando profundamente—, ahora sí, lo juro.

Polo en su escritorio. Había unos afanes grandes de que las emociones salieran corriendo para otro lado, que saltaran por las ventanas, se estamparan en el pavimento como un torrencial de vómitos. Nada de eso. Al contrario, la zozobra se apoderaba de su pecho, amenazando con estallar en cualquier momento. Respiraba por pausas, tomaba aire para tener idea de lo que traía por dentro. Unos pequeños golpes sonaron en la puerta.

—¿Quién? —gritó, amedrentado.

—Soy Cirse —contestó, abriendo la puerta—, le habla su jefe, ya llegó.

Polo dejó de respirar unos segundos para luego arrojar una larga exhalación. Cirse lo observó sin pronunciar palabra, hasta que recordó el motivo de su encargo:

—Apúrese, está de mal humor.

Federico estaba sentado, con los pies sobre el escritorio. Extendió la mano, ordenándole que tomara asiento. Polo permaneció de pie.

—Polo, Polo, Polo —repitió, melodioso—, le dije con claridad que era inconveniente transgredir indicaciones.

—Nunca dijo cuándo dejaría los paquetes.

—Usted estaba al tanto de que tarde o temprano sucedería, ¿por qué se sorprende? Además, recalqué que la acción debíamos hacerla de inmediato.

—Cuando menos hubiera esperado a que estuviera en casa.

—¿Para qué detenerse en minucias? En todo caso, el problema fue de su esposa. Ella se opuso; le insistimos que lo teníamos convenido, pero aun así se negó; como ve, se acabaron las alternativas. Nos la tuvimos que llevar para que no ande de chismoso con nadie.

—Nos hubiéramos puesto de acuerdo.

—Sólo guarde el material, en unas semanas le regreso a su mujer, pero no tendrá oportunidad de verla. Ah, cuidado con abrir los paquetes, es su garantía para que todo marche sobre ruedas. Y tampoco se le ocurra ir con la policía y me quiera involucrar con el recado que le dejé: no le creerán porque no es mi letra, si no de su esposa. Pendejo no soy.

 

 

20

 

—Hijo de puta —anotó Jano.

—Lo peor es que me cortó toda comunicación con ella.

—¿Pues qué cosa serán esos paquetes?

—Ni idea… prefiero no investigarlo… ¿qué tal que la mata?… Además, también se llevó a nuestra hija…

—¡Es cierto!

—Me dan ganas de ahorcarlo.

—El ofuscamiento te ciega… Te sugiero calma… aunque sé que cuesta trabajo en momentos así.

—Sólo me queda cuidar el encarguito.

—Insisto en que trates de no clavarte en ese rollo porque perderás la cabeza para resolver otras cosas.

—Por lo pronto, ya no regresaré.

—¿Quién dice eso?, ahora es cuando menos debes faltar… Tu jefe no te despidió… Quizá eso sea una ventaja para ti.

—¿Ah sí?, ¿cómo?

—Pues que sabrás de Rocío de forma directa… verías lo que pasa en el Consejo Electoral… Acuérdate del desconocido con el que te entrevistas… Por donde le mires, debes estar pegado a Federico.

—Lo olvidé por completo. Pero de todos modos qué tensión hacer como si nada hubiera pasado…

—Sólo cuídate… por lo que platicas… con ese tío el asunto es serio…

—Mejor deja de escribir… Nos vigilan en este momento…

—Ah qué la paranoia… recuerda que no tienen espías para todos… este chat es seguro.

—Pienso en Rocío, en cómo estará… Me odiará con todo esto… Por mi culpa se la llevaron… Si hubiera renunciado, nada de esto pasaría.

—Tranquilo, deja de recriminarte… Cambiemos de tema… Te platico algo amable… Mi novela la mandé a otra editorial… Estoy emocionado de nuevo.

—Cuando menos hay alguien que se siente bien… En cambio… yo acá de la chingada… ni siquiera he tenido tiempo de leerla.

—No hay problema… sólo intento de que desvíes la atención hacia otro punto.

—Perdón… sígueme contando.

—Pues sólo eso, hay que esperar.

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