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LOS DIÁLOGOS DEL ORTRO (Capítulos: XXV al XXVII)

Escrito por Ramón Cuéllar Márquez en Domingo, 07 Febrero 2016. Publicado en Literatura

25

 

“El candidato opositor vence en comicios”, leyó Jano en los principales titulares de los periódicos. Echó una ojeada a todos. Desconcertado, pidió uno, entregando un billete.

—Polo no me creyó cuando se lo dije —balbuceó.

Se dirigió a la Universidad donde impartía sus clases de literatura medieval. Al llegar al cubículo tomó el periódico para leer las notas más importantes. Hablaban de unas elecciones limpias pero llenas de tensión; ambos bandos se habían dado con todo. Sobresalía que el Presidente de la República y su candidato aceptaban los resultados adversos, que pronto iniciarían el proceso entrega-recepción.

Jano salió de sus clases. Helena lo esperaba en un restaurante para celebrar su aniversario. En el trayecto, compró un ramo de flores, más un pequeño regalo. Cuando llegó, le dio un fuerte abrazo porque le daba sosiego estar con ella. Hizo un poco de plática sobre las elecciones, comentándole la situación de Polo.

—Me tiene muy preocupado no hacer nada por él.

—Mira, comamos, brindemos por resistir tantas cosas.

El regreso a casa lo hicieron sin pronunciar palabra. Dentro del vehículo los dos veían cómo el resto de los automovilistas también iban silenciosos, cruzándose miradas cuando pasaban cerca de ellos. Al llegar al estacionamiento, Helena bajó sin esperar, dirigiéndose a las escaleras. Un rato después Jano encontró a Helena frente al televisor. Se sentó, dándole un beso. La tensión aminoró con una sonrisa. Ella se reclinó sobre su hombro, sin decir nada; cerraron los ojos para quedarse dormidos, pero los abrieron cuando escucharon en el noticiero al locutor que decía que por primera vez un candidato opositor ganaba una elección en ese lejano país.

—Polo debe estar contento —exclamó Helena.

—Ni creas, algo raro pasa y no lo entendemos.

—¿Cómo qué?

—Pues que allá ganó el otro.

—¡Pero si estamos viendo que tu candidato es el nuevo presidente!; además, todos los periódicos locales dicen lo mismo.

—Quién sabe qué suceda. No lo entiendo muy bien.

—La realidad es la que vivimos en este momento, la que vemos por televisión.

—Supongo que sí —dijo Jano y soltó a Helena, levantándose para ir al estudio—. Me desespera no hacer nada. Intentaré escribir un poco.

Jano encendió la computadora. “El ordenador”, ha dicho siempre Helena, contrario a su concepto, pues se siente unido al país donde creció, donde le dieron una identidad a pesar de sus reticencias. “Es sólo una isla, ¿cómo puedes creer que eso eres tú?”, le dijo Helena en una discusión, “es una isla como la nuestra, rodeada de agua; ¿cómo llegan al lugar?, en avión o barco. Es una isla. Punto.” La pantalla se iluminó. Abriendo unas cuantas ventanas, buscó en el chat a Polo, sin que hubiera señales de él. Optó por revisar los correos: había dos, uno de Polo y otro de alguien desconocido. El de su amigo decía en pocas palabras que denunció finalmente a Federico por el secuestro de su esposa, que estaba asustado y arrepentido de la decisión, que pronto escribiría porque no tenía tiempo para chatear debido a los nuevos acontecimientos. Jano dio clic en el otro correo. La nota lo aventó hacia atrás:

 

Ya es hora de que Helena retome su camino. El suplicio en el que la tiene metida ni siquiera nos permite hablar con ella. ¿Qué le hace?, ¿qué le está dando?, ¿la tiene drogada? Deje a mi hija o de lo contrario tomaré medidas radicales.

 

 

26

 

—¿Ya te escribió Polo? —preguntó Helena, mientras tomaban café durante el desayuno.

—Hace un par de días lo hizo. Espero que esté bien porque las cosas se pusieron difíciles.

—¿Qué tan difíciles?

—Pues eso.

—Me disgustan esas respuestas; la gente de tu país siempre habla a medias.

—¿Para qué preocuparte con un ruido innecesario?

—Eso lo decido yo.

—Sería envolverte en algo sin solución.

—Pruébame.

—Es inútil abrir la boca cuando no se sabe exactamente lo que sucede.

—Qué miedoso, ¿quién puede enterarse de lo que platicaban tú y Polo?

—No tienes idea de lo que la tecnología hace.

—No me creas tan ignorante; me lo puedo imaginar.

—A ver, ¿quién no nos dice que en este momento nos oyen?

—Nadie nos escucha, Jano.

—Pues en el internet podemos vernos desde un satélite. Las calles, los coches, las casas, hasta las personas son visibles en tiempo real, como si nos observáramos a través de un microscopio gigante.

—Pero ¿quién se interesa por dos simples personas que habitan en un piso a cien meridianos de ese lejano país?

—Ya, ya, está bien, te lo diré; por favor, que se quede entre nosotros, aunque suene a fantasía.

—Lo prometo.

Jano narró lo que sucedía desde hacía más de cuatro semanas. Helena permaneció callada, arqueando las cejas, haciendo gestos. Parecía imposible que secuestraran a una mujer embarazada por no querer guardar cinco paquetes.

—¿Qué contienen?, ¿droga?

—Ni Polo lo sabe.

—¿Por qué no los abre?

—Porque lo matan, por eso. Yo moriría si te hicieran algo así.

—Ni lo menciones, a mí tampoco me gustaría que te obligaran a algo.

—Eso no pasará.

—¿Ya no hay más?

—Es todo.

—Pues sí que es algo grave.

—Te lo dije.

Un lapso de silencio en el que los dos se miraron con incertidumbre, respirando pausadamente.

—Ya debes irte —dijo ella para romper el instante.

—Sí, se hace tarde.

Jano fue a lavarse los dientes, inquieto, sintiendo que había hablado de más. Cepilló durante unos segundos, luego se enjuagó la boca; tomó el portafolio dirigiéndose a la salida.

—Me voy a la universidad —anunció—, recuerda, nada de comentarios.

Encendió la radio: la música se esparció en la cabina del automóvil, sin embargo, a los pocos minutos se interrumpió porque darían una noticia importante. Una voz de mujer narraba desde el lejano país, dentro de la casa de campaña de su candidato: había conseguido una entrevista exclusiva. El hombre habló sobre la elección, sobre la dificultad de alcanzar la meta, sobre su adversario, sobre los cambios estructurales que se avecinaban dentro del nuevo gobierno. La reportera preguntó sobre su gabinete; él contestó que daría la lista cuando asumiera el poder. La mujer insistió sobre las transformaciones que iniciaría, pero el candidato electo respondió con una evasiva.

Estacionó el auto. Al bajarse, recibió el aire húmedo del día, con olor a tierra mojada. “Sólo espero que mi cubículo no se haya goteado de nuevo”, suspiró. Tomó su maletín quedándose quieto, pues había percibido algo raro. De pronto, al darse vuelta, vio venir un bólido directo a él, logrando esquivarlo. El objeto se impactó contra el vidrio del auto, donde escurrió una estela viscosa.

—¡Un huevo podrido! —exclamó, espantado, mientras la cáscara caía lenta, pegada a la yema y la clara—. El olor es insoportable… Carajo, ¡qué poca madre!… Sin duda un alumno… ¡Pero no los creo capaces! Alguien debe estar muy enojado conmigo como para hacer esto.

Entre su estupor miró que un papel doblado estaba bajo el limpia-brisas. Leyó ansioso.

 

¿Le gustó su desayuno? Espero que sí.

 

Dio un vistazo alrededor: nadie; puso el mensaje en el bolsillo de su camisa. Algunos recuerdos despertaron un temor antiguo. Su suegro hablaba en serio, ¿quién si no? Pensó en contarle a Helena, luego desistió: seguramente entraría en conflicto de nuevo con sus padres y también con él. Respiró hondo, sólo era un mal rato.

—Una inocentada se acepta a cualquiera —bromeó, temblando.

Eso quiso creer. Se encaminó rápido a los salones, respirando a intervalos para que sus alumnos no lo vieran afligido.

Dio clases sin atender lo que decía. Retomaba los temas sin orden, tartamudeando y usando muletillas continuas. En la última hora salió corriendo quince minutos antes. Abordó su coche aprisa, observando que el huevo había endurecido. Una vez en la calle, pisó el acelerador. Helena debía enterarse, aunque resultara contraproducente. De cualquier manera las cosas entre los padres de ella habían empeorado desde la última vez que se citaron. Como una sucesión de imágenes sin control, su memoria trajo las escenas que tuvo dos años atrás con el señor y la esposa: era domingo, se preparaba para ir a ver una obra de teatro de un amigo actor. Escuchó unos golpes en el portón… Preguntó que quién era: la voz de una mujer retumbó: “Soy la señora fulana de tal, mamá de Helena.” Helena había dicho que lo buscarían, que impedirían cualquier cosa. Entraron, en orden de aparición, la señora, la abuela, el marido y por último la tía Julieta, mujer a la que Helena estimaba por su afición a la poesía romántica del siglo xix, en particular Juan de Dios Peza y Manuel Acuña. Los hizo pasar a la sala, sentándose frente a ellos. Era como si fueran a procesarlo por un delito que no cometió. Por un momento pensó en el Joseph K. de Franz Kafka. El padre de Helena miró las diferentes fotografías de escritores y poetas pegadas en la pared. En seguida lo vio fijamente:

—Puro holgazán sin oficio ni beneficio —escupió, sarcástico.

Después abrió fuego la madre, planteando primero que dejara a su hija en paz; pasó a la exigencia de abandonar todo propósito de unión porque él no era para ella. La cosa se puso delicada cuando el suegro quiso golpearlo y Jano estuvo a punto de tomar un martillo para defenderse.

La vio sentada en el sofá, con el televisor encendido.

—Jano, ¿te enteraste de que al candidato de Polo le darán pronto su constancia de mayoría?

—Ni idea —contestó distraído.

—Acaban de decirlo. En unos meses asumirá la presidencia.

Jano se colocó junto a ella, abrazándola con fuerza.

—¿Sigues preocupado por lo de Polo?

—En parte.

—¿Cómo?

—Jano clavó sus ojos en la alfombra.

Miró a Helena.

—Te hice una pregunta, ¿cómo es eso de en parte?

—Que no es el único asunto que me aturde.

—¿Qué otro?

Las palabras se amontonaron en su boca, acomodándose para pronunciar las frases que habían estado guardadas todo el día.

—¿Me lo contarás?

—Quiero hacerlo, en serio.

—Sólo hazlo.

Se llevó la mano a la bolsa de la camisa, tocando el papel doblado; dudó unos segundos. ¿Para qué poner a Helena contra su familia? Sacó la mano de la bolsa, fingiendo haber perdido lo que buscaba. No lo haría; después limpiaría el coche para que no hiciera preguntas.

—¿Se te perdió algo? —inquirió ella.

Jano la miró azorado.

—Creo que lo olvidé en la oficina —dijo, dando a su voz un tono huidizo.

—¿Qué era?

—De lo mismo: una información de las elecciones, de Polo.

—Tú dijiste en parte, o sea, otra cosa.

—Sí.

—¿Qué era entonces?

Jano supo que tendría que inventar algo lógico, sobre todo que las palabras correspondieran con el momento emocional.

—Me preocupa que el asunto de las elecciones en el país de Polo provoque una situación incómoda con tu papá.

—¿Como cuál?

—Como el hecho de que tu papá detesta a la gente liberal. Se trata de una nota que encontré en el periódico; pensé que afectaría a tu familia, aunque más bien es una tontería ahora que lo pienso —subrayó, relajándose.

—Lo es, mi papá es muy astuto, ¿cómo crees que ha hecho dinero? No te tomes tan a pecho a tu suegro. Sé que te inquietas por mí, ya sabes que él nunca aceptará lo que haga con mi vida. Me quiere ver haciendo negocios, siendo ejecutiva, una mujer del mundo empresarial. Ése es el verdadero problema. Él sólo cree en la ganancia; es su punto G.

Jano sonrió de buena gana por la sutileza.

—Bueno, por favor, mantén en secreto lo que te platiqué de Polo  —farfulló, mimándose.

—Está bien; recuerda que ése será nuestro presente —recalcó—, levantándose de donde estaba.

 

27

 

Abrió los ojos. Volteó para ver si Helena seguía a su lado. La contempló por un rato. Se levantó de la cama para darse un regaderazo. Después se vistió sin hacer ruido, pues se le había hecho tarde: sus alumnos lo esperaban.

Tomó el paraguas. Bajó las escaleras, deseando que nada se le hubiera olvidado. El estacionamiento estaba casi vacío. Caminó aprisa, sacando las llaves del coche. Forcejeó un poco con la hendidura; al final abrió con cierta facilidad. Aventó el maletín en el asiento trasero, subiéndose lo más rápido que pudo. Trató de encender el motor, sin lograrlo. Lo hizo un par de veces más, desesperado. Se quedó quieto, respirando por pausas para no angustiarse. Se relajó, hablándole al auto como a un hijo. Giró la llave de nuevo y el motor arrancó. Pisó intermitentemente el acelerador para agilizar el calentamiento. De pronto, sintió un hervor que le subía por el esófago, deteniéndose en la garganta. Volteó para ambos lados: no había nadie. Por instinto, tomó el paraguas. Sus ojos se movían de un lado a otro, ubicando un punto. Sólo se oía el rumor de la ciudad, acompañado de los cláxones, el ulular de las sirenas escudriñando el siniestro más reciente. Soltó la palanca de velocidades y el auto se enfiló a la avenida principal. Veía a sus costados cómo árboles, anuncios, espectaculares, personas, pasaban como si hubieran dispuesto pantallas gigantes proyectando a toda velocidad imágenes oníricas.

Bajó del coche. Sus pasos parecían zancadas; alguien preguntó por qué iba tan rápido. Se sintió aliviado cuando se encerró en el cubículo. Sus alumnos debían estar extrañados. Estuvo quieto unos minutos, hasta que tomó sus cosas para perderse en el pasillo principal de los salones.

Al terminar sus clases, Jano se hallaba más tranquilo. No obstante, en el fondo quedaba el sentimiento de que algo andaba mal. Después de atender a uno de sus estudiantes, decidió que era hora de retirarse. Pensando en las tareas encomendadas a los muchachos, arribó hasta su auto. Una vez dentro, respiró hondo, dejó caer los hombros, como si con ello exorcizara el estrés que amenazaba con hacerlo estallar. Alzó la mirada, topándose con un papel en el parabrisas.

—¿De nuevo? —gruñó.

Se bajó para tomarlo. Con la garganta apretándole las palabras, Jano desdobló el papel:

 

Hoy no dejé desayuno. Lo siento. Haré algo mejor que eso. Me llevaré a su cocinera.

 

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